La huerta en la casa del médico

By: Javier Quintero

may 15 2012

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Categoría: Uncategorized

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Aperture:f/4.5
Focal Length:31mm
ISO:400
Shutter:1/400 sec
Camera:Canon EOS 60D

En esta huerta el tiempo parece escabullirse entre los recodos de los árboles.
Esta allí, en la casa de Gastón Cano Ávila, desde hace casi un siglo. Imagínense, sus papás comenzaron a sembrar desde antes de que él naciera y ahora tiene 85 años.
Gastón, el doctor Gastón, es uno de los médicos más reconocidos de Sonora y, aunque ya está retirado, no deja de mantenerse activo con las conferencias y charlas que ofrece a otros médicos jóvenes que desean aprenderle todas las cosas que él sabe.
En sus ratos libres se mete a la huerta a regar las plantas y corta la maleza. En la entrada, además de tener macetas con arbustos de hojas enormes, tiene una palmera a la que llama “Cola de pescado”, que en la época de sus papás la traían a Sonora desde Japón, en los barcos cargados de mercancías. La llama así por la forma de sus hojas frondosas y erguidas.
También es dueño de un ejemplar de “Macadamia”, un arbusto que da como fruto una nuez australiana, pero que aflojó su producción porque no se ha acostumbrado al clima extremo de esta parte del noroeste mexicano.
“Antes todo esto medía una hectárea, pero tuvimos que vender una parte para que construyeran la calle Monterrey y un estacionamiento atrás”, dice Gastón Cano Ávila con cierta nostalgia. La calle es ahora una vía en la que fue construido el consulado de los Estados Unidos en Hermosillo; el estacionamiento es parte de un edificio donde opera una compañía de telefonía celular, y la nostalgia es porque al doctor le hubiera gustado tener más plantas, aunque su edad y su dolor de rodillas no lo dejarían hacerse cargo del huerto con las fuerzas que él desearía.
Además de su gusto por la botánica, es buen escritor, de esos a quienes las palabras les salen de forma natural y se quedan plasmadas en el papel con impecable ortografía. Ese gusto por las letras le sirvió para escribir, entre otras cosas, el libro “Plantas y animales ponzoñosos de Sonora”, una recopilación completa y útil de especies locales.
En su huerta hay árboles frutales, como un guayabo de pequeños frutos rosados y dulces, y otro más que nació porque sembró una semilla que le trajeron desde Hawái. También hay un enorme datilero que nació de una semilla proveniente de Egipto que alguien le regaló a su papá.  “A los tres años era un planta muy pequeña, pero daba unos racimos de dátiles tan grandes que caían hacia el suelo”, dice el doctor Gastón. Ahora, en el suelo, hay cientos de dátiles tirados porque ya no puede cosecharlos ni venderlos.
En la huerta llama la atención un profundo y acogedor aroma a incienso, a iglesia. Son las diminutas hojas de un mirto, con las que antes su mamá hacía coronas para adornar las tumbas el Día de Muertos.
Ella tenía buena mano para sembrar árboles y otras plantas, como el arbusto ese llamado “Trompeta” por la forma de sus flores anaranjadas y al que Gastón siempre cuida del “Sanmiguelito”, una enredadera que busca árboles para seguir creciendo y a veces los sofoca.
La “Trompeta” creció debajo de un toronjo que quizá fue polinizado por los insectos con otro cítrico de los que hay en la huerta, pues de un tiempo para acá las toronjas son más ácidas.
Caminar por allí es disfrutar de la variedad, es ver a la sábila tupida de nuevos brotes, a las flores rosas y rojas de “Amor de un rato”, las amarillas del “Lluvia de oro”, las anaranjadas de los “Margaritones” y las blancas de la “Moringa”, que dicen que al comerse aportan una gran cantidad de nutrientes, igual que las hojas y semillas del árbol de “Neem”, que está medio escondido en el huerto.
En realidad son incontables las plantas que tiene Gastón Cano Ávila en ese lugar sagrado, adornado con un palomar donde hay agua fresca para estas aves que llegan por montones antes del alba y cantan y revolotean. Son, para él, excelentes compañeras.

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